martes, 8 de diciembre de 2009

A machucar el machique

Leo, remotamente escribo y entiendo el tema, pero debo confesar que esta entrada me alteró y no sé si mi comentario es una reacción o una réplica –curiosa homofonía esta, la de quien responde tal vez en son de protesta con la de quien duplica o reproduce un enunciado casi como si asintiera con sumisión-, lo cierto es que, si bien no creo que la muerte de alguien por más desconocido que sea ha de ser pasto para la abstracción, precisamente en virtud de esta creencia la cabeza me empezó a dar vueltas en torno a esa reiteración del olvido que nada tiene de memorable y que hace de la situación de los indígenas en la frontera –vaya lugar común este, tan hediondo a colonia y a ese antropocentrismo decimonónico cuyo romanticismo dio a luz tantas revoluciones de mayo- una analogía de nuestras miserias en ese estrecho margen –de nuevo, en esa frontera- entre Imperio y Revolución. En otras palabras, estoy plenamente de acuerdo con el texto pero no puedo dejar de sentir que la indignación forma parte de un libreto que, tal y como lo expones, se viene editando desde hace más de 200 años (dato que poco mueve la acción ya que sin sufrir violencia alguna le da la razón a los gendarmes que insisten en que “aquí no ha pasado nada”).

Y es que el negocio de la soberanía siempre ha sido aquel por el cual alguien de algún modo se hace pasar por ultrajado y mientras mejor lo hace más porcentaje se reparte con su supuesto victimario. A esta escenita, se le llamó en la primera parte Independencia, en el segunda Dictadura, en la tercera Democracia, en la cuarta Crisis y en la quinta Revolución. Lo más jodido de todo es que para mantener esa máquina andando, que tantos “dividendos” produce (o reproduce), el libreto debe extenderse antes de multiplicarse. Y es que desde hace ya un par de años no deja de asombrarme cómo Imperio, Revolución y Marginados, cómo Oficialismo, Oposición y Prensa, y cómo hasta el pendejo que  soy yo escribiendo estas inútiles palabras, repiten exactamente las mismas líneas y actúan como si estuviesen siguiendo al pie de la letra un manual de Carreño escrito a diez y ocho manos entre Hegel y Gautama Buda. De modo que este manido teatro de operaciones quirúrgicas al son de un bolero trasnochado, en tanto requiere cada vez más actores y giros en la trama (un bloque de prensa autista, un par de escritores, periodistas y antropólogos tan ingenuos como genuinos, una trasnacional con insomnio, un gobierno utópico, un par de caciques y unos dioses escritos sobre una hoja cuyo blanco resulta incomprensible) para reproducirse con pasmosa exactitud y provocar una vez más los productivos eventos, debe a su vez hacerse más largo y extenso. Pero expandir el libreto no es tarea fácil. Y como la “máquina”, no importa cuáles sean sus dimensiones o aparentes finalidades (uranio, carbón, petróleo, mujeres, hombres, plumas, imágenes, ideas), debe ocupar más espacio, lamentablemente esta ha de establecerse cada vez más en tierras indígenas. Lo que trato de decir es que, me perturba y no sé que hacer con la idea de que –tal y como ha ocurrido tantas veces, si es que la redundancia tiene o no algún precio en medio de tanto retorno a lo eterno- la economía detrás de esta tragedia incluye  los mecanismos de omisión y de protesta, el movimiento entre unos medios que se hacen la vista gorda y otros que se mueren de hambre y menguan denunciando el gesto anterior. En resumen, no puedo evitar sentir  que también estas líneas ocupan el espacio que las etnias en conflicto reclaman. Pues, si realmente nos ponemos en los zapatos de los grupos indígenas, caeremos en cuenta de que lo que se les arranca de la mano y aquello incluso por lo cual se matan entre sí es algo anterior  a nuestra sospechosa distinción entre espacio y lenguaje, ente tierra y mundo, entre lo real y la realidad.

Lo cierto es que, si llama la atención cuán trágica puede ser la mediocridad, es porque en ese borde, en esa frontera, se vuelve nítida la imagen de los grupos sociales destruyéndose a sí mismos en el espacio de la mala fe entre imperio y revolución. La paradoja está en que, debido a  esa insidiosa mezcla de desidia y consumismo, amenazas de censura y cierre y cobertura mediática omnipotente propagadas por la máquina Estado-ciego y Globo-visión,  se han trivializado a tal punto nuestras cotidianas masacres urbanas y ya no nos queda más remedio que sentirnos identificados con el modo en que tal proceso ocurre en un sitio tan intangible y marginal como el nuestro. De modo que, ciertas protestas o acciones concretas, si bien pueden lograr algún resultado, son también formas de escapar a la frustración de no poder hacer nada en nuestro propio caso. Es decir, hasta cierto punto, proyectamos sobre estos grupos –y el hecho de que sean limítrofes y marginales contribuye a que sirvan de soporte, cual limite o pared, a la proyección- nuestra propia frustración y, en más de una ocasión, creamos mecanismos, proyectos, denuncias, historias, medios de atención que realmente no producen resultado alguno ¿y por qué? Pues porque no son más que modos de dramatizar, simular y ensayar –otros dirían sublimar- aquello que no podemos –o no nos atrevemos- a hacer en nuestro propio caso.

Demasiado se parece la clasificación de conflicto y matanza entre minorías indígenas en las fronteras de un país, al margen de la ley, la historia, atrapadas entre trasnacionales y nacionalismos, a la clase media (de nuevo, margen) perdida entre oligarcas, boligarcas, masas empobrecidas pero empoderadas y otros tantos extremos. Tal vez por eso, el suceso resulta tan relevante como hiriente, en tanto devela una absoluta anomia, que es precisamente aquello que esta particular máquina entre revolución e imperio oculta en nuestros países, siendo precisamente la anomia la verdadera materia prima o elemento negociado. Pues que en este país no exista ley es la verdadera fuente de riqueza, no en balde, a la hora de promoverlo o enorgullecernos de él lo hacemos prodigando sus bellezas virginales (leáse Misses) y recursos naturales (leáse posadita en medio de la nada). Puro territorio comanche. La Venezuela de Todos suena a la Ilíada en Pepeganga o la conquista del Viejo Oeste por acomplejados montados en Blacbkerrys, que cada quien corra por lo suyo a dentelladas. De allí el ruleteo y coqueteo entre, vuelvo al tema, constitución y arbitrio, censura y denuncia, marcha y contramarcha, etc. Curiosa es, sin duda, la mezcla de constituyente y tierra virgen, revolución soberana y explotación extranjera de recursos naturales, ley y deseo, imposición e impostura. Si me preguntan por la tierra en la cual dos caciques se dieron muerte, diría que está ahí, a la vuelta de la esquina, en algún lugar de la mancha, en el corazón de una trilogía edípica, entre el dólar cadívi y su paralelo negro. El modo en que unas etnias se destruyen a sí mismas es perfectamente comparable a la manera en que la clase media viene desmontándose tarjetazo por tarjetazo.
Volviendo al dilema principal, ¿cómo abordar estos hechos sin “tematizarlos”, sin convertirlos en noticia? Es decir, cómo podemos a partir de la palabra, o de la acción, desarticular la máquina, desarmarla, en tanto la anomia que oculta se extiende escondida detrás del drama entre exceso de estado o exceso de mercado, al punto tal que llegará el momento en que, como en el Tercer Reich, la única forma que tendrá la máquina de ocultar el desorden que produce masacres cotidianas será organizarlas metódicamente y concentrarlas sobre una población perfectamente delimitable. Desarticular la máquina, en este caso, desarmarla, significa en buena medida, descubrir cómo su legislación está hecha para producir anomia. Ahora bien, cómo restar piezas que para algunos son coordenadas ineludibles, sin contribuir al pánico que la falta de referentes produciría, es una pregunta difícil de responder. Tal vez, haya que empezar por intervenir, interpelar o cuando menos develar paso a paso su funcionamiento, aún cuando corramos el riesgo de estar contribuyendo a él. Hay países en los cuales la extensa literatura en contra de los revólveres casi ha provocado guerras civiles. Pero, sólo en la idea de desarticular tan extraño mecanismo encuentro la mejor justificación al hecho de reseñar, indagar e investigar sobre crímenes como los cometidos contra, por, entre, desde y hacia los yukpa y los bari.

Quizá, para escapar al libreto, será necesario abrir escenarios donde este no llegue. Y, a lo mejor, es esta una tarea que el teatro puede asumir, por su capacidad de alternarse con el espacio cotidiano, de abrir una historia dentro de la historia como interpelación. Ojalá tuviera yo o conociera yo a alguien con al menos 4% del talento –que tiene mucho de circunstancia- de un Cabrujas para precisamente “intervenir” la maquinita con un guión, uno que tuviera, a lo mejor, la trama de los hermanos de Antígona y la estructura de Acto Cultural –y es que San Rafael de Ejido es un símbolo perfecto de nuestro Trasnocho-, uno en que un grupo de poetas lucha porque un grupo de indios se reconozca como digno –vano intercambio de espejismos tácitos-, generando así un movimiento de lucha y de defensa contra los desmanes tanto de Revolucionarios como de Imperios, cuya meta es la de recuperar una tierra sagrada vinculada a la celebración de un antiguo canto mítico, canto que narra, entre otras cosas, el día en que las etnias serán destruidas por revoluciones, imperios y una que otra crónica de indias. Y, tal vez he aquí el giro insufrible, pues la magia y relevancia de dicho canto reside en que, más que representar, reproducirá a cabalidad todos y cada una nuestras tragedias.