Culpabilidad e inocencia suponen un ser que no coincide con la totalidad del ser.
Pero suponen también un yo libre que, en consecuencia, vale por la totalidad o se separa radicalmente de una totalidad de la que forma parte. Finalmente, la culpabilidad e inocencia suponen que el ser libre puede hacer daño a otro ser libre y sufrir las repercusiones del perjuicio causado y, por consiguiente, que la separación entre seres libres en el seno de la totalidad ya no es completa.
El esquema ontológico que ofrecen las religiones reveladas -un yo en relación con un Dios trascendente- concilia estas contradicciones. Mantiene la insuficiencia del ser humano al mismo tiempo que su carácter de totalidad o de libertad. Culpabilidad e inocencia sólo se conciben con respecto a Dios, un Dios exterior a este mundo en donde el hombre lo es todo. La trascendencia de un Dios condesciendiente garantiza a la vez separación y relación. Además, el perdón divino devuelve al yo culpable su integridad inicial y asegura su soberanía, también inalterable.
Pero en la conciencia moderna, las religiones han perdido su papel directivo.
Ni la "mistificación de los sacerdotes" ni la ineficacia moral de los ritos denunciados por el siglo de las luces ha sido suficiente para quebrantar la religiosidad de las almas...
...las almas piadosas retornan a las religiones históricamente constituidas. Cuando se crean una religión inidivual, viven en las ruinas de iglesias naufragadas, al modo de Robinson, que no adquirió la indpendencia de su isla más que gracias a los barriles de pólvora y a los fusiles que salvó de su nave perdida.
Pero, ¿se reconoce la conciencia moderna en el alma piadosa?
No se trata de que se sienta menos culpable que las generaciones pasadas. Se siente culpable de otro modo. La falta que le abruma no se perdona mediante la piedad; o, más exactamente, el mal que pesa sobre ella no pertenece al orden del perdón ¿Qué importan, entonces, la existencia o la inexistencia de Dios, el interés o la indiferencia de Dios respecto a los hombres? La bondad a la que invita la religión no satisface el Bien y la purificación que propone es incapaz de lavar ninguna culpa.
Comparada con la falta mística, cometida por violación involuntaria de un tabú, la idea de una falta intencionada, abierta al perdón, representa un progreso espiritual evidente. Pero las condiciones de un perdón legítimo no se realizan más que en una sociedad de seres totalmente presentes los unos a los otros, en una sociedad íntima. Sociedad de seres que se han elegido, pero de modo tal que mantienen todos los pormenores de la sociedad. Sociedad íntima en verdad, semejanen en su autarquía a la falsa totalidad del yo. De hecho, tal sociedad sólo puede ser de dos, tú y yo. Estamos entre nosotros. El tercero está excluido. El tercer hombre perturba esencialmente esta intmidad.
Si reconozco mis culpas respecto a ti, puedo, incluso en mi arrpentimiento, lesionar a un tercero.
La violencia de la sociedad intima ofende pero no daña. Está más allá o más acá de la justicia y de la injusticia. Estas últimas suponen una violencia que se ejerce sobre una libertad, una herida real que reside en el obrar y no en los pensamientos -piadosos o impíos-, en la dominiación ejercida sobre una libertad y no en un respeto o en una falta de respeto. La sociedad íntima que hace posible el perdón libera a la voluntad de la carga de los actos que se le escapan y en los que está comprometida, aquellos merced a los cuales toda voluntad corre el peligro de alienarse en una sociedad auténtica.
Situado en una configuración de voluntades que se conciernen por su obrar pero que se observan cara a cara -en una sociedad auténtica- actúo en un sentido que se me escapa. La significación objetiva de mi acción eclipsa su significación intencional: no soy un yo propiamente dicho, sino que cargo con una falta que no se refleja en mis intenciones. Soy objetivamente culpable y mi piedad no puede purificarme. "No erso lo que quería", tal es la excusa irrisoria mediante la cual el "yo", refugiado en aquella "sociedad íntima" en la que fue plenamente libre, continúa disculpándose por una falta que no es imperdonable porque rebase la posibilidad de perdonar, sino porque no pertenece al orden del perdón.
La relación intersubjetiva del amor no es el comienzo sino la negación de la sociedad (...) El amor es el yo satisfecho por el tú, el que encuentra en otro la justificación de su ser. La presencia del otro agota el contenido de tal sociedad. El calor afectivo del amor llena la conciencia de esta satisfacción, de este contento, de esta plenitud hallada fuera de sí, excéntrica. La sociedad del amor es una sociedad de dos, sociedad de soledades, refractaria a la universalidad. Su universalidad sólo puede construirse con el tiempo, mediante infidelidades sucesivas, mediante cambios de amistades: amor al prójimo según el azar de la proximidad y, en consecuencia, amor a un ser en detrimento de otro, privilegio en cualquier caso, inclsuo cuando no significa preferencia. La moral del respeto presuopone la moral del amor.
domingo, 14 de septiembre de 2008
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