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domingo, 14 de septiembre de 2008

El yo en la totalidad o la inocencia

El que vive en la totalidad existe como totalidad, como si ocupase el centro del ser y fuera su fuente, como si todo lo extrajese del aquí y ahora en los que, no obstante, se sitúa o es creado. Para él, las fuerzas que le atraviesan están de antemano asumidas -las experimenta como integradas ya en sus necesidades y en su goce-. Lo que el ser pensante percibe, como exterioridad que le invita al trabajo y a la apropiación, el ser vivo lo experimenta como substancia, como algo que le es consustancial, como esencialmente inmediato, como elemento y como medio.

Se presenta como relación con el alimento en el sentido generalísimo de que todo goce es goce de alguna cosa, de un "algo" privado de su independencia. El ser asumido por los seres vivos, lo asimilable: tal es el alimento.

De modo que el mero ser vivo ignora el mundo exterior (...) Nada le aportan los sentidos, o bien le aportan únicamente sensaciones (...) La sensibilidad como conciencia propia del ser vivo no es sólo un pensamiento confuso sino que no es pensamiento en absoluto. Ahí reside la gran verdad de las filosofías sensualistas frente a la crítica que de ellas hicieron los husserlianos: la sensación no es sensación de algo sentido.


También reside ahí la verdad eterna de la tesis cartesianas del carácter mermanete utilitario de la sensibilidad, de la relatividad radical de los datos sensibles en el sujeto. El útil es el ser sentido, asumido por la vida. La confusión y la oscuridad de la sensibilidad se oponen precisamente a la claridad en la que se abre un horizonte. La aventura de los seres vivos en el ser se dice en ellos -si es que el verbo "decir" puede tener algún sentido en este contexto- en términos de intimidad.

(...) no e sque el ser vivo carezca de conciencia sino que posee una conciencia sin problemas, es decir, sin exterioridad, un mundo interior cuyo centro ocupa una consciencia que no se preocupa de ubicarse en relación con una exterioridad, que no se capta como parte de un todo (pues ella precede a toda captación), conciencia sin conciencia a la que corresponde el término (no extendo de contradicciones) "inconsciente" o "instinto". Esa interioridad que, para el ser pensante, se opone a la exterioridad, es en el ser vivo ausencia de exterioridad. La identidad del ser vivo a través de su historia no tiene nada de misterioso: es esencialmente el Mismo, el Mismo que determina a cualquier Otro, sino que nunca lo Otro determine al Mismo. Si lo determinase -si la exterioridad se encontrase con el ser vivo- mataría al ser instintivo. El ser vivo existe bajo la consigna: libertad o muerte.

El pensamiento comienza justamente cuando la conciencia deviene conciencia de su particularidad, es decir, cuando concibe la exterioridad más allá de su naturaleza viviente en la que está encerrada; cuando se convierte al mismo tiempo en conciencia de sí y conciencia de la exterioridad que rebasa su naturaleza (...) Como pensante, el hombre es aquel para quien existe el mundo exertior (...) su vida estrictamente interior queda iluminada por el pensamient. El objeto de la necesidad, convertido entonces en objeto exterior, desborda la utilidad. El deseo reconoce lo deseable en un mundo exótico...

Esta existencia central, que acoge toda la exterioridad en función de su interioridad, y que sin embargo es capaz de pensar una exterioridad extraña al sistema interior, que es capaz de representarse una exterioridad aún no asumida, es lo que hace posible una vida de trabajo. El pensamiento no se desprende del trabajo y de la voluntad, el pensamiento no equivale a un trabajo suspendido, a una voluntad neutralizada; el trabajo y la voluntad se apoyan en el pensamiento.


El sistema interior del instinto puede enfrentarse a la exterioridad como a un obstáculo totalmente inasimilable que le aboca a la muerte.

La relación del institnto con la exterioridad no es de saber sino de muerte. Merced a la muerte, el ser vivo penetra en la totalidad, pero ya no piensa. Cuando piensa, el ser que se sitúa en la totalidad no queda absorbida por ella. Existe con referencia a una totalidad, pero permanece, en cuanto yo, en su lugar, separado de la totalidad.

En tal caso, ¿cómo se realiza esta simultaneidad de una posición en la totalidad y de una cierta reserva o separación con respecto a ella? ¿Qué significa la relación con una exterioridad que no queda asumida en esa relación? Este es el problema del yo y la totalidad que planteamos. Es, incluso, el problema de la inocencia.

La inocencia no es un estado interior soberano. Para que puede presentárseme la exteriordad es preciso que, siendo exterioridad, desborde los "términos" de la conciencia vital y, al mismo tiempo, estando presente, no sea mortal para la conciencia. Esta penetración de un sistema total en un sistema parcial que no puede asimilarla es el milagro. La posibilidad de un pensamiento es la consciencia del milagro o el estupor. El milagro quiebra la consciencia biológica, posee un estatuto ontológico intermedio entre la vida y el pensamiento. Es comienzo del pensamiento o experiencia. El pensamiento que comienza se encuentra ante el milagro del hecho. La estructura del hecho distintivo de la idea reside en el milagro. Por ello, el pensamiento no es sólo reminiscencia sino, antes bien, conocimiento de algo nuevo.

(...) para que un acontecimiento como la atención pueda meramente aparecer a esta conciencia, es preciso que la conciencia haya estado antes en relación con el todo, sin que esta relación se reduzca a la absorción en el todo o a la muerte.

Ha de consistir en que el individuo pensante se sitúe, por un lado, en la totalidad, de modo que forme parte de ella -definiéndose, es decir, ubicándose en relación con las otras partes-, extrayendo su identidad de aquello que le distinguie de las otras partes con las que se encuentra comprometido, y, por otro lado, permanezca fuera -sin coincidir con su concepto-, extrayendo su identidad ya no del lugar que ocupa en el todo (su cáracter, su obra, su herencia) sino de sí, de ser yo. La identidad del yo se distingue de cualquier otra identidad por el hecho de que no está compuesta de aquello que la distingue de la identidad de los demás, sino de su referencia a sí misma. La totalidad en la cual se sitúa un ser pensante no es una adición pura y simple de seres, sino la suma de aquellos seres que no se suman unos a otros. Esta es toda la originalidad de la sociedad. La simultaneidad de la participación y de la no-participación es precisamente una existencia que se mueve entre la culpabilidad y la inocencia, entre la dominación sobre los otros, la traición a sí mismo y el retorno a sí. Esta relación del individuo con la totalidad en la que consiste el pensamiento, en la que el yo toma en cuenta aquello que no es él y, sin embargo, no se disuelve en ello, supone que la totalidad se manifiesta no ya como un ambiente que de algún modo envuelve la epidermis del ser vivo como elemento en el que se sumerge, sino como un rostro en el cual el ser está encarado al yo.

(...) -una relación en la que los vínculos entre las partes no se constituyen más que por la libertad de las partes-, es ya una sociedad: seres que hablan, que se hacen frente.

Pensar una libertad exterior a la mía es el primer pensamiento. Señala mi presencia en el mundo en cuanto tal. El mundo de la percepción manifiesta un rostro: las cosas nos afectan como poseídas por los demás.

Las cosas en cuanto cosas alcanzan su independencia primaria a partir del hecho de que no me pertenecen, y no me pertenecen porque mantengo relaciones con los hombres de los cuales proceden. Por ello, la relación del yo con la totalidad es una relación con los seres humanos cuyo rostro reconozco. Frente a ellos soy culpable o inocente. La condición del pensamiento es una conciencia moral.

La labor de la justicia económica no es pues, el preludio de la existencia espiritual sino su realización. Pero se trataría, ante todo, de mostrar por qué el amor no satisface esta condición y cómo el discurso impersonal y coherente que le sustituye destruye la singularidad de la vida de los seres espitiuales.

Emmanuel Levinas - Entre nosotros - Ensayos para pensar en el otro - 26-31

La Significación ética del otro

Si las cosas son solamente cosas, la relación que con ella se establece es de comprensión: como entes, se dejan sorprender a partir del ser, a partir de una totalidad que les otorga una significación.

Darse es exponerse a las astucias de la inteligencia, ser captado mediante el concepto, mediante la luz del ser en general, gracias a un rodeo u oblicuamente: darse es significar a partir de aquello que no se es. La relación con el rostro, acontecimiento de la colectividad -la palabra-, es una relación con el ente mismo en cuanto puro ente.

(...) todo esto puede resultar quizá sorprendente si nos atenemos a la concepción de un ente insignificante por sí mismo, silueta en el horizonte luminoso que no adquiere significación más que por esta presencia en el horizonte. El rostro significa de otro modo. En él, la infinita presencia del ente a nuestro poder se aifrma precisamente contra la voluntad asesina que arrostra, porque, en su desnudez -y la desnudez del rostro no es una figura estilística-, significa por sí misma. Ni siquiera puede decirse que el rostro sea una apertura, porque ello implicaría pensarlo como relativo a una plenitud que le rodease.

¿Pueden las cosas adquirir un rostro? ¿No es el arte la actividad que otorga un rostro a las cosas? La fachada de una casa, ¿no es una casa que nos mira? El análisis realizado hasta aquí es insuficiente para responder a estas preguntas. En todo caso nos preguntamos si no sucede acaso que, en el arte, el tenor impersonal del ritmo, fascinante y mágico, sustituye a la socialidad, al rostro, al habla.

¿Por qué la visión del rostro no es ya visión, sino audición y palabra? ¿Cómo puede describirse el encuentro con el rostro -es decir, la conciencia moral- como condición de la conciencia en sentido estricto y del desvelamiento? ¿De qué modo se afirma la conciencia como imposibilidad de asesinar? ¿Cuáles son las condiciones de la aparición del rostro, es decir, de la tentación y de la imposibilidad del asesinato? ¿De qué modo puedo aparecerme a mí mismo como trostro? ¿En qué medida, en fin, la relación con otro o la colectividad es nuestra relación -irreducitible a la comprensión- con lo infinito?

La investigación filosófica no podría de ningún modo contentarse con la reflexión sobre sí o sobre la existencia. La reflexión no nos entrega más que el relato de una aventura personal, de un alma privada que retorna a sí sin cesar, incluso cuando parece escaparse. Lo humano sólo se ofrece a una relación que no es un poder.

Emmanuel Levinas - Entre nosotros - Ensayos para pensar en el otro - p. 23

La Significación ética del otro

La posesión es el modo en que un ente, sin dejar de existir, resulta parcialmente negado. No se trata sólo del hecho de que el ente sea instrumento o útil consumible, es decir, medio, ya que también es fin; se trata de que es alimento y, en el goce, se ofrece, se da, es mío.

La visión, sin duda, calcula mi poder sobre el objeto, pero ella es ya goce. El encuentro con otro consiste en el hecho de que, no importa cuál sea la extensión de mi dominación sobre él y de su sumisión, no lo poseo. No penetra del todo en la apertura del ser en la que me mantengo como campo de mi libertad. No viene a mi encuentro desde el ser en general. Todo lo que me llega de él a partir del ser en general se ofrece sin duda a mi comprensión y a mi posesión. Le comprendo a partir de su historia, de su medio, de sus hábitos. Lo que escapa en él a la comprensión es él mismo, el ente. No puedo negarle parcialmente mediante la violencia, captándolo a partir del ser en general y poseyéndolo. El otro es el único ente cuya negación sólo puede anunciarse como total: el asesinato. El otro es el único ente a quien puedo querer matar.

Estar en relación con otro cara a cara es no poder matar. Y ésta es también la situación del discurso.

Emmanuel Levinas - Entre nosotros - Ensayos para pensar en el otro - p.21

martes, 2 de septiembre de 2008

La Ambigüedad de la Ontología Contemporánea

(...) el objeto del encuentro se nos da y, al mismo tiempo, está en sociedad con nosotros, sin que este acontecimiento de socialidad pueda reducirse a una propiedad cualquiera que se revelase en lo dado, sin q que el conocimiento pueda preceder a la socialidad.


¿Es la razón la dominiación que vence la resistencia del ente en cuanto tal, no en una invocación a esa misma resistencia, sino como por una astucia de cazador que atrapa aquello que el ente comporta de fuerte e irreductible a partir de sus debilidades, de su renuncia a su particularidad, a partir de su ubicación en el horizonte del ser universal? La Inteligencia como astucia, la Inteligencia de la lucha y la violencia hecha a las cosas, ¿es capaz de constituir un orden humano?



(...) ¿no se constituye más bien el orden de la razón en una situación en la que "se habla", en la que la resistencia del ente en cuanto ente no resulta quebrantada sino pacificada?


La preocupación de la filosofía contemporánea por liberar al hombre delas categorías que únicamente se adaptan a las cosas no debe, pues, contentarse con oponer a lo estático, a lo inerte, a lo determinado de las cosas el dinamismo, la duración, la trascendencia o la libertad como esencia del hombre. No se trata tanto de oponer una esencia a otra, de decir cuál es la naturaleza humana, como de encontrar ante todo el lugar en el que el hombre deja de concernirnos a partir del horizonte del ser, es decir, de ofrecerse a nuestrs poderes. El ente en cuanto tal (y no como encarnación del ser universal) no puede hallarse más que en una relación en la que se le invoca. El ente es el hombre, y sólo en cuanto prójimo es el hombre accesible, sólo en cuanto rostro.

Emmanuel Levinas - Entre Nosotros - Ensayos para pensar en otro - p.20.

La Ambigüedad de la Ontología Contemporánea

(...) comprendo el ser en el otro, más allá de su particularidad de ente: llamo a ser a la persona con la que entro en relación, pero al llamarle ser apelo a ella. No pienso únicamente que es, sino que le hablo. Es mi asociada en el seno de la relación que únicamente debería hacérmela presente.


El hombre es el único ser con quien no puedo encontrarme sin decirle este encuentro, y es por ello que el encuentro se distingue del conocimiento.


Y, para experesalo en términos de "comprensión", ello significa precisamente que la comprensión del ente en cuanto tal es ya la expresión que le ofrezco de tal comprensión.


Esta imposibilidad de abordar a otro sin hablarle significa que en este caso el pensamiento es inseparable de la expresión.


La expresión tampoco consiste en articular una comprensión que compartiría de antemano con otro. Consiste, antes de toda particpación de un contenido común mediante la comprensión, en instituir la socialidad merced a una relación irreductible, en consecuencia, a la comprensión.


La relación con otro no es, pues, ontología. Este vínculo con otro que no se reduce a la representación del otro sino a su invocación, y en el que la invocación no va precedida de una comprensión, es lo que llamamos religión. La esencia del discurso es la plegaria. Lo que distingue al pensamiento que arrostra un objeto del vínculo con una persona es que en este último se articula un vocativo: lo que se nombra es, al mismo tiempo, aquel a quien se llama.

Emmanuel Levinas - Entre Nosotros - Ensayos para pensar en otro - p.19

La Ambigüedad de la Ontología Contemporánea

Relacionarse con el ente en cuanto ente significa, para Heidegger, dejar ser a lo ente, comprenderlo como independiente de la percepción que lo descubre y aísla.



Nuestra respuesta es ésta: en nuestra relación con otro, ¿se trata de dejarle ser? ¿no es en su papel de interpelado donde se cumple la independencia del otro? Aquel a quién hablamos, ¿es previamente comprendido en su ser? De ningún modo. El otro no es primero objeto de comprensión y después interlocutor. Las dos relaciones se confunden. En otras palabras, la invocación del otro es inseparable de su comprensión.



Se trata de entender la función del lenguaje no como subordinada a la conciencia que tenemos de la presencia del otro, de su proximidad o de la comunidad con él, sino como condición de esa "toma de conciencia".

Ciertamente, tenemos aún que explicar por qué el acontecimiento del lenguaje no se sitúa ya en el plano de la comprensión...


¿Por qué no presentar la invocación del otro como la característica propia de su comprensión?

Tal cosa nos parece imposible. Por ejemplo, el manejo de los objetos de uso se interpreta como su comprensión. Pero la extensión de la noción de conocimiento se justifica, en este ejemplo, por la superación de los objetos conocidos, que se se cumple a pesar de todo lo que pueda haber de compromiso preteórico en el manejo de "utensilios".

En el seno de la manipulación se sobrepasa el ente en el movimiento mismo que le capta, y en este "más allá" necesario para la presencia "en las inmediacoines de" se reconoce el itinerario mismo de la comprensión. Esta superación no tiene únicamente que ver con la aparición previa del "mundo" cada vez que entramos en contacto con lo manejable, como quiere Heidegger, sino que remite también a la posesión y al consumo del objeto. Pero nada de esto ocurre en mi relación con otro.

Emmanuel Levinas - Entre Nosotros - Ensayos para pensar en otro - p.18

El prójimo como interlocutor

En cierto modo, en el acontecimiento de ser no se trata sino de este mismo ser. Ser en cuanto ser significa de entrada preocuparse de ser, como si fuera necesaria una especia de relajación o un "calmante" para -sin dejar de ser- escapar al desvelo de ser. Ser, insistencia en ser, como si su sentido consistiera en un "instinto de conservación" que coincidiría con su despliegue y que le preservaría y mantendría en su aventura de ser. La tensión del ser sobre sí mismo, la intriga que trama el probombre reflexivo "Se". Insistencia anterior a toda luz y a toda decisión, secreto de una brutalidad que excluye la deliberación y el cálculo, violencia en forma de entes que se afirman "sin consideraciones" los unos para con los otros en su preocupación por ser.


Vida de los seres vivos en la lucha por la vida; historia natural de los humanos con la sangre y el llanto de las guerras entre personas, naciones y clases; materia de las cosas, materia dura; solidez, lo que se cierra sobre sí mismo en los confinamientos intratómicos de los que hablan los físicos.


Pero en la vida experimentada por los humanos sucede -y ahí es donde comienza lo humano propiamente dicho, pura eventualidad pero al mismo tiempo eventualidad pura y santa- el consagrarse-a-otro.

En la existencia humana, irrumpiendo y superando su esfuerzo por ser -su conatus essendi spinozista-, la vocación de un existir-para-otro es más fuerte que la amenaza de muerte: la aventura existencial del prójimo importa al yo antes que la suya, y sitúa de golpe al yo como responsable del ser ajeno; responsable, es decir, único y elegido, un sujeto que ya no es un individuo cualquiera del género humano.

Emmanuel Levinas - Entre Nosotros - Ensayos para pensar en otro - p.10

El prójimo como interlocutor

No puede mantenerse un lenguaje sensato favoreciendo un divorcio entre razón y filosofía. Pero tenemos derecho a preguntarnos si la razón, considerada como posibilidad de tal lenguaje, le precede necesariamente, si el lenguaje no está fundado en una relación anterior a la comprensión y que constituiría su razón.

Para Heidegger, la comprensión reposa en última instancia sobre la apertura del ser (....) Ello no implica una dependencia previa respecto de un pensamiento subjetivo, sino una suerte de vacante que espera a su titular, que está abierta merced al hecho mismo de que el ente es.

La inteligencia del ente consiste, entonces, en ir más allá del ente -precisamente hasta lo abierto- y percibirlo en el horizonte del ser.

(...) comprender es entrar en relación con lo particular como existente únoco mediante un conocimiento que es siempre conocimiento de lo universal.


Por otra parte ¿cómo podría en princpio la relación con el ente ser otra cosa que su comprensión como ente, el hecho de dejarlo ser libremente en cuanto ente?

Excepto en el caso de los otros. Nuestra relación con otro consiste ciertamente en querer comprenderle, pero esta relación desborda la comprensión. No solamente porque el conocimiento del otro exige, además de curiosidad, simpatía o amor, maneras de ser distintas de la contemplación impasible, sino porque, en nuestra relación con otro, él no nos afecta a partir de un concepto. Es ente y cuenta en cuanto tal.

(...) ¿no es ya insinuar que el ente nos concierne a partir de una revelación del ser y que, por ende, al estar situado en la apertura al ser, está de antemano establecido en el seno de la comprensión?

Emmanuel Levinas - Entre Nosotros - Ensayos para pensar en otro - p.17.

Ambigüedad de la Ontología Contemporánea

El hecho de que el ente esté "abierto", ¿no pertenece al hecho mismo de su ser? Nuestra existencia concreta se interpreta en función de su entrada en lo "abierto" del ser en general. Existimos en un circuito de inteligencia con lo real -la inteligencia es el acontecimiento mismo articulado por la existencia-. La incomprensión no es más que un modo deficiente de la comprensión.

Emmanuel Levinas - Entre Nosotros - Ensayos para pensar en otro - p.16

Ambigüedad de la Ontolgía Contemporánea

Que la conciencia de la realidad no coincide con nuestra habitación en el mundo, eso es lo que de la filosofía de Heidegger ha causado tanta impresión en el mundo literario.

Emmanuel Levinas - Entre Nosotros - Ensayos para pensar en otro - p.16

Ambigüedad de la Ontología Contemporánea

Comprender el útil no es verlo, sino saber manejarlo; comprender nuestra situación en lo real no es definirla, es hallarse en cierta disposición afectiva; comprender el ser es existir.


Pensar ya no es contemplar sino compremeterse, estar englobado en aquello que se piensa, estar embarco -acontecimiento dramático del estar-en-el-mundo.

La comedia comienza con el más simple de nuestros gestos. Todos ellos comportan una inevitable torpeza. Al extender la mano para acercar una silla, he arrugado la manga de mi chaqueta, he rayado el suelo, he derramado la ceniza de mi cigarillo. Al hacer lo que quería hacer, he hecho miles de cosas no deseadas. El acto no ha sido puro, he dejado huellas. Y, al borrar esas huellas, he dejado otras. Cuando Sherlock Holmes aplique su ciencia a esta irreductible torpeza de cada una de mis iniciativas, la comedia se convertirá en tragedia.

Para frustrar las funestas predicciones, Layo hará exactamente lo que se precisa para que se cumplan. Edipo, al triungar, construye su propia desgracia. Como la presa que huye en línea recta por la llanura cubierta de nieve al escuchar a los cazadores y deja de ese modo las huellas que serán su ruina.

De este modo somos responsables más allá de nuestras intenciones. Es imposible para la mirada que dirige el acto, evitar esa acción producida por descuido. Nuestros dedos están presos en el engranaje, las cosas se rebelan contra nosotros. Es decir, nuestra conciencia y nuestro dominio de la realidad mediante la conciencia no agotan nuestra relación con ella, en la que estamos presentes en toda la desnidad de nuestro ser.

Emmanuel Levinas - Entre nosotros - Ensayos para pensar en otro - p.15-16

¿ES FUNDAMENTAL LA ONTOLOGÍA?

La existencia histórica que interesa al filósofo en la medida en que es ontología interesa también a los hombres y a la literatura por su carácter dramático.


Emmanuel Levinas - Entre Nosotros - Ensayos para pensar en otro - p.15

¿ES FUNDAMENTAL LA ONTOLOGÍA?

No es que haya verdad porque existe el hombre, sino que hay verdad porque el ser en general es inseparable de su apertura o, si se prefiere, hay humanidad porque el ser es inteligible.

Emmanuel Levinas - Entre Nosotros - Ensayos para pensar en otro - p.14

¿ES FUNDAMENTAL LA ONTOLOGÍA?

Este mundo no extrae su privilegio ontológico ni de la ascesis que comporta ni de la civilización que suscita. En las ocupaciones temporales está ya inscrita la comprensión del ser. La ontología no se cumple en el triunfo del hombre sobre su condición, sino en la tensión misma en la que se asume tal condición.

Emmanuel Levinas - Entre Nosotros - Ensayos para pensar en otro - p.14

¿ES FUNDAMENTAL LA ONTOLOGÍA?

Una razón liberada de las contingencias temporales -el alma coeterna respecto a las ideas- sería la imagen que de sí misma se haría una razón ignorante u olvidada de sí, una razón ingenua.

Emmanuel Levinas - Entre nosotros - Ensayos para pensar en otro - p. 14